UAI en 100 Palabras: mis cuentos presentados.
Noviembre 28, 2009
Los siguientes, son cuentos que presenté en el concurso “UAI en 100 Palabras”, la primera versión realizada en mi universidad, que tuvo lugar durante el segundo semestre del presente año. Una muy buena iniciativa que, según los organizadores, se transformará en una actividad habitual.
Cuento 1: Sin título.
Estimado extraño,
Ésta es mi comunicación n° 76 desde que me encuentro sumido en este espeso y recóndito bosquecillo cordillerano. Para ser fiel a la verdad, luego de dos meses de esmerada búsqueda, creo me encuentro extraviado. He sobrevivido penosamente fagocitando los cuerpecillos de tiernas y sociables criaturas, al parecer, de la familia camelidae. Es cierto que no estoy del todo abandonado, me he hecho de muchos adeptos: acá las moscas y uno que otro pajarillo me mantienen en alerta con sus dulces zumbidos y delicados picotazos: les agrado.
Cuento 2: “UAI (by Walmart)“.
Jorge volvió a su querida UAI. Luego de veintidós años sube el cerro para matricular a su hijo en la renombrada Escuela de Negocios. En cada cota que avanzaba evocaba miles de recuerdos de su juventud. En la entrada del estacionamiento observa incrédulo una especie de peaje para estacionamientos; más adelante escucha a un ex compañero suyo rogando para que no siguieran cambiando el reglamento del gimnasio, para así al fin poder graduarse; finalmente se percata del enojo de otro apoderado que sostiene que le cobraron $999 pesos por hoja para un largo “contrato educacional”.
Cuento 3: “Mi secretaria favorita”.
La conozco desde que tan solo fui un mechón. Sabe todo en cuanto a mí, incluso me conoce mejor que mi madre. Reconoce mi RUT de entre más de tres mil; ella puede descubrir rápidamente si soy un flojo o un alumno estrella. Es la mujer perfecta, lamentablemente un poco mayor y bastante solicitada. Creo que todos tenemos una secretaria que nos mima, cuida y reza por nosotros cada noche. El mismísimo rector, los decanos y profesores caen como púberes indefensos, embelezados ante la dedicada atención secretarial. Hoy la visitaré, sé que me espera.
Cuento 4: “¿Qué pasó con el gato UAI?”
¿Recuerdan al agraciado gato que se revolcaba y dejaba querer en el patio de la UAI?
¿Dónde está? Una serie de conjeturas se han barajado por alumnos y auxiliares: 1) los perros adolfinos se festinaron con él; 2) las tías de los completos hicieron que nos festináramos con la bestia y; 3) fue expulsado de la Universidad por medio de la temida resolución de eliminación del Decano de Pregrado. Ninguna hipótesis anterior es cierta. La verdad es más negra… ¿Han sentido el hedor que emana de la rejilla del suelo del patio central?
Fragmentos: Fiódor Dostoyevski
Marzo 1, 2009
Raskolnikov tuvo un sueño horrible. Volvió a verse en el pueblo donde vivió con su familia cuando era niño. Tiene siete años y pasea con su padre por los alrededores de la pequeña población, ya en pleno campo. Está nublado, el calor es bochornoso, el paisaje es exactamente igual al que él conserva en la memoria. Es más, su sueño le muestra detalles que ya había olvidado. El panorama del pueblo se ofrece enteramente a la vista. Ni un solo árbol, ni siquiera un sauce blanco en los contornos. Únicamente a lo lejos, en el horizonte, en los confines del cielo, por decirlo así, se ve la mancha oscura de un bosque. A unos cuantos pasos del último jardín de la población hay una taberna, una gran taberna que impresionaba desagradablemente al niño, e incluso lo atemorizaba, cuando pasaba ante ella con su padre. Estaba siempre llena de clientes que vociferaban, reían, se insultaban, cantaban horriblemente, con voces desgarradas, y llegaban muchas veces a las manos. En las cercanías de la taberna vagaban siempre hombres borrachos de caras espantosas. Cuando el niño los veía, se apretaba convulsivamente contra su padre y temblaba de pies a cabeza. No lejos de allí pasaba un estrecho camino eternamente polvoriento. ¡Qué negro era aquel polvo! El camino era tortuoso y, a unos trescientos pasos de la taberna, se desviaba hacia la derecha y contorneaba el cementerio. En medio del cementerio se alzaba una iglesia de piedra, de cúpula verde. El niño la visitaba dos veces al año en compañía de su padre y de su madre para oír la misa que se celebraba por el descanso de su abuela, muerta hacía ya mucho tiempo y a la que no había conocido. La familia llevaba siempre, en un plato envuelto con una servilleta, el pastel de los muertos, sobre el que había una cruz formada con pasas. Raskolnikov adoraba esta iglesia, sus viejas imágenes desprovistas de adornos, y también a su viejo sacerdote de cabeza temblorosa. Cerca de la lápida de su abuela había una pequeña tumba, la de su hermano menor, muerto a los seis meses y del que no podía acordarse porque no lo había conocido. Si sabía que había tenido un hermano era porque se lo habían dicho. Y cada vez que iba al cementerio, se santiguaba piadosamente ante la pequeña tumba, se inclinaba con respeto y la besaba. Y ahora he aquí el sueño. Va con su padre por el camino que conduce al cementerio. Pasan por delante de la taberna. Sin soltar la mano de su padre, dirige una mirada de horror al establecimiento. Ve una multitud de burguesas endomingadas, campesinas con sus maridos, y toda clase de gente del pueblo. Todos están ebrios; todos cantan. Ante la puerta hay un raro vehículo, una de esas enormes carretas de las que suelen tirar robustos caballos y que se utilizan para el transporte de barriles de vino y toda clase de mercancías. Raskolnikov se deleitaba contemplando estas hermosas bestias de largas crines y recias patas, que, con paso mesurado y natural y sin fatiga alguna arrastraban verdaderas montañas de carga. Incluso se diría que andaban más fácilmente enganchados a estos enormes vehículos que libres. Pero ahora cosa extraña la pesada carreta tiene entre sus varas un caballejo de una delgadez lastimosa, uno de esos rocines de aldeano que él ha visto muchas veces arrastrando grandes carretadas de madera o de heno y que los mujiks desloman a golpes, llegando a pegarles incluso en la boca y en los ojos cuando los pobres animales se esfuerzan en vano por sacar al vehículo de un atolladero. Este espectáculo llenaba de lágrimas sus ojos cuando era niño y lo presenciaba desde la ventana de su casa, de la que su madre se apresuraba a retirarlo. De pronto se oye gran algazara en la taberna, de donde se ve salir, entre cantos y gritos, un grupo de corpulentos mujiks embriagados, luciendo camisas rojas y azules, con la balalaika en la mano y la casaca colgada descuidadamente en el hombro. ¡Subid, subid todos! grita un hombre todavía joven, de grueso cuello, cara mofletuda y tez de un rojo de zanahoria . Os llevaré a todos. ¡Subid! Estas palabras provocan exclamaciones y risas. ¿Creéis que podrá con nosotros ese esmirriado rocín? ¿Has perdido la cabeza, Mikolka? ¡Enganchar una bestezuela así a semejante carreta! ¿No os parece, amigos, que ese caballejo tiene lo menos veinte años? ¡Subid! ¡Os llevaré a todos! vuelve a gritar Mikolka. Y es el primero que sube a la carreta. Coge las riendas y su corpachón se instala en el pescante. El caballo bayo dice a grandes voces se lo llevó hace poco Mathiev, y esta bestezuela es una verdadera pesadilla para mí. Me gusta pegarle, palabra de honor. No se gana el pienso que se come. ¡Hala, subid! lo haré galopar, os aseguro que lo haré galopar. Empuña el látigo y se dispone, con evidente placer, a fustigar al animalito. Ya lo oís: dice que lo hará galopar. ¡Ánimo y arriba! exclamó una voz burlona entre la multitud. ¿Galopar? Hace lo menos diez meses que este animal no ha galopado. Por lo menos, os llevará a buena marcha. ¡No lo compadezcáis, amigos! ¡Coged cada uno un látigo! ¡Eso, buenos latigazos es lo que necesita esta calamidad! Todos suben a la carreta de Mikolka entre bromas y risas. Ya hay seis arriba, y todavía queda espacio libre. En vista de ello, hacen subir a una campesina de cara rubicunda, con muchos bordados en el vestido y muchas cuentas de colores en el tocado. No cesa de partir y comer avellanas entre risas burlonas. La muchedumbre que rodea a la carreta ríe también. Y, verdaderamente, ¿cómo no reírse ante la idea de que tan escuálido animal pueda llevar al galope semejante carga? Dos de los jóvenes que están en la carreta se proveen de látigos para ayudar a Mikolka. Se oye el grito de U ¡Arre! y el caballo tira con todas sus fuerzas. Pero no sólo no consigue galopar, sino que apenas logra avanzar al paso. Patalea, gime, encorva el lomo bajo la granizada de latigazos. Las risas redoblan en la carreta y entre la multitud que la ve partir. Mikolka se enfurece y se ensaña en la pobre bestia, obstinado en verla galopar. ¡Dejadme subir también a mí, hermanos! grita un joven, seducido por el alegre espectáculo. ¡Sube! ¡Subid! grita Mikolka . ¡Nos llevará a todos! Yo le obligaré a fuerza de golpes… ¡Latigazos! ¡Buenos latigazos! La rabia le ciega hasta el punto de que ya ni siquiera sabe con qué pegarle para hacerle más daño. Papá, papaíto exclama Rodia . ¿Por qué hacen eso? ¿Por qué martirizan a ese pobre caballito? Vámonos, vámonos responde el padre . Están borrachos… Así se divierten, los muy imbéciles… Vámonos…, no mires… E intenta llevárselo. Pero el niño se desprende de su mano y, fuera de si, corre hacia la carreta. El pobre animal está ya exhausto. Se detiene, jadeante; luego empieza a tirar nuevamente… Está a punto de caer. ¡Pegadle hasta matarlo! ruge Mikolka . ¡Eso es lo que hay que hacer! ¡Yo os ayudo! ¡Tú no eres cristiano: eres un demonio! grita un viejo entre la multitud. Y otra voz añade: ¿Dónde se ha visto enganchar a un animalito así a una carreta como ésa? ¡Lo vas a matar! vocifera un tercero. ¡Id al diablo! El animal es mío y puedo hacer con él lo que me dé la gana. ¡Subid, subid todos! ¡He de hacerlo galopar! De súbito, un coro de carcajadas ahoga la voz de Mikolka. El animal, aunque medio muerto por la lluvia de golpes, ha perdido la paciencia y ha empezado a cocear. Hasta el viejo, sin poder contenerse, participa de la alegría general. En verdad, la cosa no es para menos: ¡dar coces un caballo que apenas se sostiene sobre sus patas…! Dos mozos se destacan de la masa de espectadores, empuñan cada uno un látigo y empiezan a golpear al pobre animal, uno por la derecha y otro por la izquierda. Pegadle en el hocico, en los ojos, ¡dadle fuerte en los ojos! vocifera Mikolka. ¡Cantemos una canción, camaradas! dice una voz en la carreta . El estribillo tenéis que repetirlo todos. Los mujiks entonan una canción grosera acompañados por un tamboril. El estribillo se silba. La campesina sigue partiendo avellanas y riendo con sorna. Rodia se acerca al caballo y se coloca delante de él. Así puede ver cómo le pegan en los ojos…, ¡en los ojos…! Llora. El corazón se le contrae. Ruedan sus lágrimas. Uno de los verdugos le roza la cara con el látigo. Él ni siquiera se da cuenta. Se retuerce las manos, grita, corre hacia el viejo de barba blanca, que sacude la cabeza y parece condenar el espectáculo. Una mujer lo coge de la mano y se lo quiere llevar. Pero él se escapa y vuelve al lado del caballo, que, aunque ha llegado al límite de sus fuerzas, intenta aún cocear. ¡El diablo te lleve! vocifera Mikolka, ciego de ira. Arroja el látigo, se inclina y coge del fondo de la carreta un grueso palo. Sosteniéndolo con las dos manos por un extremo, lo levanta penosamente sobre el lomo de la víctima. ¡Lo vas a matar! grita uno de los espectadores. Seguro que lo mata dice otro. ¿Acaso no es mío? ruge Mikolka. Y golpea al animal con todas sus fuerzas. Se oye un ruido seco. ¡Sigue! ¡Sigue! ¿Qué esperas? gritan varias voces entre la multitud. Mikolka vuelve a levantar el palo y descarga un segundo golpe en el lomo de la pobre bestia. El animal se contrae; su cuarto trasero se hunde bajo la violencia del golpe; después da un salto y empieza a tirar con todo el resto de sus fuerzas. Su propósito es huir del martirio, pero por todas partes encuentra los látigos de sus seis verdugos. El palo se levanta de nuevo y cae por tercera vez, luego por cuarta, de un modo regular. Mikolka se enfurece al ver que no ha podido acabar con el caballo de un solo golpe. ¡Es duro de pelar! exclama uno de los espectadores. Ya veréis como cae, amigos: ha llegado su última hora dice otro de los curiosos. ¡Coge un hacha! sugiere un tercero . ¡Hay que acabar de una vez! ¡No decís más que tonterías! brama Mikolka . ¡Dejadme pasar! Arroja el palo, se inclina, busca de nuevo en el fondo de la carreta y, cuando se pone derecho, se ve en sus manos una barra de hierro. ¡Cuidado! exclama. Y, con todas sus fuerzas, asesta un tremendo golpe al desdichado animal. El caballo se tambalea, se abate, intenta tirar con un último esfuerzo, pero la barra de hierro vuelve a caer pesadamente sobre su espinazo. El animal se desploma como si le hubieran cortado las cuatro patas de un solo tajo. ¡Acabemos con él! ruge Mikolka como un loco, saltando de la carreta. Varios jóvenes, tan borrachos y congestionados como él, se arman de lo primero que encuentran látigos, palos, estacas y se arrojan sobre el caballejo agonizante. Mikolka, de pie junto a la víctima, no cesa de golpearla con la barra. El animalito alarga el cuello, exhala un profundo resoplido y muere. ¡Ya está! dice una voz entre la multitud. Se había empeñado en no galopar. ¡Es mío! exclama Mikolka con la barra en la mano, enrojecidos los ojos y como lamentándose de no tener otra victima a la que golpear. Desde luego, tú no crees en Dios dicen algunos de los que han presenciado la escena. El pobre niño está fuera de sí. Lanzando un grito, se abre paso entre la gente y se acerca al caballo muerto. Coge el hocico inmóvil y ensangrentado y lo besa; besa sus labios, sus ojos. Luego da un salto y corre hacia Mikolka blandiendo los puños. En este momento lo encuentra su padre, que lo estaba buscando, y se lo lleva. Ven, ven le dice . Vámonos a casa. Papá, ¿por qué han matado a ese pobre caballito? gime Rodia. Alteradas por su entrecortada respiración, sus palabras salen como gritos roncos de su contraída garganta. Están borrachos responde el padre . Así se divierten. Pero vámonos: aquí no tenemos nada que hacer. Rodia le rodea con sus brazos. Siente una opresión horrible en el pecho. Hace un esfuerzo por recobrar la respiración, intenta gritar… Se despierta. Raskolnikov se despertó sudoroso: todo su cuerpo estaba húmedo, empapados sus cabellos. Se levantó horrorizado, jadeante… ¡Bendito sea Dios! exclamó . No ha sido más que un sueño.
Fragmento de Crimen y castigo. Fiódor Dostoyevski.
Belleza de antaño.
Febrero 20, 2009
De izquierda a derecha: Tuesday Weld, Carol White, Ann Margret.
Click en las imágenes para ampliar.
Del centro hacia afuera.
Febrero 19, 2009
El espíritu es la naturaleza de los individuos, su substancia inmediata y su movimiento y necesidad. Es asimismo su consciencia en el ser personal, y su consciencia pura, su vida, su actualidad.
Jenaer Realphilosophie.
Una de mis metas, entre las muchas que me he propuesto a lo largo de mi vida (o por lo menos desde que tengo consciencia de habérmelas impuesto), es conocer de una manera comprensiva la conducta humana. Claro, es interesante desde muchos puntos de vista poder entender los comportamientos de la gente con los cuales me desenvuelvo; ello puede ser útil para ser un sujeto con mayor capacidad de relacionarse y pulir la llamada inteligencia emocional. Antes, debería decir, es una tarea que no se hace gratuita, los comportamientos humanos son cientos, y poder atribuirle una respuesta a cada uno de ellos, casi imposible. Así y todo creo que para trazar delimitaciones en tal sentido, hay que inmiscuirse en el interior de uno mismo, hacer el intento y determinar cuáles son los rasgos propios que me constituyen como persona con individualidad; luego de cumplir esa primera tarea, se haría justo comenzar con el resto, mal que mal, yo soy parte de ese todo, que de algún modo, vengo como miembro de la sociedad a crear anticuerpos y reacciones en otros.
Desde hace ya unos años que he intentado analizar mi geografía sicológica, en algunos puntos esa labor se hace fácil, como poder sostener que tengo falencias y virtudes que me son características, como toda persona. Fuera de eso, he ido descubriendo nuevas formas que antiguamente no había podido escindir del resto de mis conductas, sobre todo en ámbitos en los que no me atrevo mucho a incursionar, como los miedos, la inseguridad y la falta de adecuación en determinados grupos sociales. Es por ello que me comienzo a cuestionar si vale la pena seguir con lo mismo, en la penumbra de tales comportamientos, observando y no afrontando los temores. Es que ¿se puede verificar un cambio substancial en la escencia de las personas si asumimos los riesgos de actuar sin saber bien cuál será el resultado? ¿hay algo más allá, esperando con una retribución si aceptamos la mentira, y las conductas bajas del resto? No sé la respuesta, pero puede que retribución no sea la palabra adecuada, sino, la experiencia misma de poder afrontar un imprevisto al cual nuestra mentalidad no está dispuesta a hacerlo; ella misma (la experiencia) debe ser bastante enriquecedora, no dudo que si se causa un mal, se sufrirá un momento amargo, pero atravesar por tal momento puede que a largo plazo nos haga tener en mano más respuestas para ocasiones futuras. Por eso es que digo que conocerse a uno mismo, es prepararse y armarse para conocer a los demás; si soy consciente de mí, tendré las herramientas para conocer el presente y el futuro, sin ser adivino.
Distinguir para amar.
Febrero 19, 2009
Imaginemos a un pajarillo: por ejemplo, una golondrina enamorada de una jovencita. La golondrina podría, por lo tanto, conocer a la muchacha (por ser diferente a todas las demás), pero la joven no podría distinguir a la golondrina entre cien mil. Imaginad su tormento cuando, a su retorno en primavera, ella dijera: Soy yo, y la joven le respondiera: No puedo reconocerte. En efecto, la golondrina carece de individualidad. De ahí se deduce que la individualidad es el presupuesto básico para amar, la diferencia de la distinción. De ahí se deduce también que la mayoría no puede amar de veras, porque la diferencia de sus propias individualidades es demasiado insignificante. Cuanto mayor es la diferencia, mayor es la individualidad, mayores son los caracteres distintivos y mayores los rasgos reconocibles. En este profundo sentido se comprende el significado del hebreo: conocer a su mujer, refiriéndose a la unión matrimonial; pero cobra un sentido más profundo en lo que se refiere al alma, al carácter distintivo de la individualidad.
Diario íntimo.
Soren Kierkegaard.
El joven que pretende atribuir sentido a “lo que es”, respecto de “dónde y con quién convive” (o a saber, la sociedad en la que se desenvuelve y los sujetos con los que interactúa), no hace más que negar la esencia de su ser, la existencia de su alma como motor de su actuar, y por qué no (en un lato, superficial, pero plausible análisis [en cuanto opinión subjetiva]) establecer una antítesis del ontologismo de la naturaleza humana (casi inexistente, o irrisoria si se afirma lo contrario) mediante esquematizaciones sociales no muy felices existencialistamente hablando. El pájaro no es más que aquel sujeto que ama en un plano físico; esa persona que juega a los soldaditos: unicidad materialista v/s unicidad espiritual; entregando el doble de infantería al primer bloque (y consecuencialmente derrotando sin escatimo al segundo). Pero por ahí (en el plano meramente físico) no va la cosa, ya que a la vez, el sujeto que no se hace cargo de su individualidad espiritual (de alma), no conseguirá determinar hasta qué punto podría amar de verdad (y a quién, por lo demás). Como señala Kierkegaard, existe un problema de divergencia de individualidades en el amor. Como vanguardista del existencialismo, proclama que mientras más conozcamos nuestro “yo-fuera-del-mundo-atestado-de-parámetros”, más conoceremos nuestra “fisonomía mental”, para así poder establecer mayores diferencias o “rasgos distintivos” con respecto a quien se supone que queremos (de amor dadivoso) y por tanto, descubrir que los contrastes de particularidades ya no son insignificantes, lo que lleva finalmente a la síntesis de que sí somos capaces de amar de verdad, siempre se cumplan los presupuestos de diferenciación. No voy a decir que me conozco totalmente, pero por lo menos no soy como esos que viven mirando al del lado, tratando de conjugar sus vidas con lo que “se lleva” en la sociedad. Amo ser yo mismo; ser introvertido; sólo un observador y no partícipe de comportamientos falsos; una persona que simpatiza con noños y locos; un huevón que necesita algo diferente. A veces el “cogito ergo sum” no me hace sentido; como alguien me dijo una vez: “menos filosofía, más energía”. En casos me gusta estar con gente que hace lo que en el momento puede hacer, y por lo contrario, es un fastidio pasar algún momento del día con alguien que puede hacer lo que quiere, pero no lo hace porque no se debe.
Lista de cosas que me desagradan 1.0.
Febrero 19, 2009
Esta es mi lista (progresiva, ya que la iré actualizando a medida que avance con el blog) con todas las conductas, hechos y tipos de personas que me molestan o me irritan de sobremanera:
- 1.- Las personas repetitivas.
- 2.- Los celos.
- 3.- La falta de argumentos.
- 4.- La gente “grave” (que exagera las discusiones o bromas).
- 5.- No escuchar música que me gusta durante el día.
- 6.- Tener mala relación con mi viejo.
- 7.- No ver a mi hermano mayor.
- 8.- Ser tímido.
- 9.- Ser de apellido que empiece con “A” (siempre soy el primero en los examenes orales).
- 10.- No conocer, hasta la fecha, a la mujer que me haga sentir especial.
- 11.- Que la mayoría de la gente escuche mala música.
- 12.- No tener un mejor amigo.
- 13.- Que hayan dejado de hacer el helado Yokono.
- 14.- Ser tan prejuicioso.
- 15.- La carrera de Derecho.
- 16.- La gente mentirosa.
- 17.- La gente egoísta.
- 18.- La gente insensible.
- 19.- Las papas fritas heladas.
- 20.- Ser un poco orgulloso.
- 21.- Los garbanzos.
- 22.- La gente arribista.
- 23.- Los discriminadores.
- 24.- El sexo a la rápida.
- 25.- Las prietas.
- 26.- Las panas.
- 27.- Los políticos en su mayoría.
- 28.- Que me cueste levantarme temprano.
- 29.- Ser enamoradizo.
- 30.- Ser tan desordenado.
- 31.- Ser tan poco dedicado.
- 32.- Los baños ajenos.
- 33.- Los programas de televisión tipo “Mekano” y porquerías de ese estilo.
- 34.- Los shúper.
- 35.- El “”"”indie”"”".
- 36.- La censura.
- 37.- La gente cartucha.
- 38.- Los hedonistas.
- 39.- Los oportunistas.
- 40.- Fumar (miento).
- 41.- Tratar de ser tolerante y comprensivo, pero que en el intento me hagan poner histérico y salga todo peor.
- 42.- La gente “jote”.
- 43.- No poder dejar de mostrar una sonrisa, aunque esté enojado.
- 44.- Ser cosquillozo.
- 45.- La gente avara.
- 46.- No poder decir el abecedario al revés.
- 47.- El winning eleven.
- 48.- Ser desafinado.
- 49.- No tener muchos familiares.
- 50.- Ser de pocos amigos.
- 51.- Ser “cabeza de pollo” (con el copete).
- 52.- Ser malo para dormir.
- 53.- Ser masoquista (en varios aspectos).
- 54.- Ser de relaciones poco serias.
- 55.- Ser poco serio.
- 56.- Los nicknames de MSN con la vida de la gente.
- 57.- Olvidar la toalla al momento de necesitarla para secarme después de una ducha.
- 58.- Que se acabe el confort.
- 59.- Lavar la loza.
- 60.- Los sicólogos chantas.
- 61.- La soledad.
- 62.- Los días nublados.
- 63.- El frío.
- 64.- Las despedidas.
- 65.- La gente que no agradece lo que tiene.
- 66.- La gente que no valora a quien tiene a su lado.
- 67.- La gente que olvida a sus seres queridos.
- 68.- Que mi perro ladre cuando estoy durmiendo.
- 69.- La “caña”.
- 70.- No acordarme de un lindo sueño.
- 71.- La gente engreída.
- 72.- Los diez mandamientos.
- 73.- Las religiones en general.
- 74.- La violencia.
- 75.- Las discusiones.
- 76.- Perder la cabeza por una mujer.
- 77.- No ser correspondido.
- 78.- Llorar poco, cuando quieres llorar mucho.
- 79.- La pena.
- 80.- De las 7 a las 11 am.
- 81.- Las cartas que no envío.
- 82.- Las malas “volás”.
- 83.- Los comerciales clichés.
- 84.- Tener poca barba.
- 85.- Envejecer.
- 86.- Extrañar a las personas queridas.
- 87.- Estudiar.
- 88.- Los condones.
- 89.- Los días en que despierto desorientado.
- 90.- Los besos con lengua en las primeras citas.
- 91.- La gente que se hace la “hueona”.
- 92.- La gente miradora en menos.
- 93.- La gente “apocadita”.
- 94.- La falta de desarrollo de la cultura en mi país.
- 95.- Los snobs.
- 96.- La gente infiel.
- 97.- Las deudas.
- 98.- Los “flaites”.
- 99.- Las tardes inertes.
- 100.- No ser rockstar.
Mi exceso de (des)confianza.
Febrero 19, 2009
Cuando se aprende a no creer ni en uno mismo, es cuando se logra asumir que la falsedad es casi inmanente a nuestra naturaleza. En tal momento es cuando vemos (aterrados, en casos) la horrenda cara de la vida, cuando contemplamos siluetas y no individuos, cuando ni aún nuestros seres queridos son de nuestro bando. A veces me pasa, debo admitir, que siento que desconfiar hasta de mis pensamientos es lo que me ha ayudado a evitar sufrimientos que comúnmente sufre la gente, que según ellos son parte de la vida; claro, para ellos, que les gusta sufrir, a mí no. ¿Qué va si me salto un par o más etapas de mi vida? ¿creer en los demás cuando sé que la traición es, indiscutidamente, una conducta para nada rara entre los mortales? ¿pensar que el amor es un regalo divino que se nos hizo a todos, sin distinción ni escatimo, en exceso, cosa que podamos tener muchos amores verdaderos en nuestras vidas? ¡Ja, ja, ja, qué risa! Nada de eso es tan cierto, el amor no es ningún don, sólo se da ocasionalmente, entre contados individuos, pero nada más, no es ni siquiera la moda en nuestro mundo, no se engañen; cuando se pueda y cuando sea conveniente (por una u otra razón), será la hora de dar el golpe y, bueno ¡adiós amor, bienvenida lujuria, bienvenida ambición y bienvenido sean todas las conductas propias de la naturaleza humana; mal que mal somos animalitos, sedientos de comida e instintos básicos con la habilidad de organizarse y dárselas de civilizado, pero no. Que tengas un buen momento con otra de esas siluetas, una y otra vez veras caras oscuras, pero no individuos.
No confíes en tus creencias, renovarlas continuamente es una buena movida. Todos tienen las suyas propias (creencias), y creen tan fielmente en ellas, que no se dan cuenta que han sobrevalorado sus convicciones, hasta el punto en el que caen y la confianza depositada se les va por el W.C, junto con sus bellos anhelos de vida y sus utopías multicolores, bah.
No quiero parecer fatalista, sólo me gustaría dar mi testimonio como observador de comportamientos (y con tal título no quiero decir que yo esté exceptuado de ser un humano que pueda hacer daño o mostrar conductas bajas). La confianza se gana, dicen por ahí, muy lentamente, y se pierde, de forma abrupta. Ahora, la confianza entre padre e hijo ¿de dónde proviene? ¿de una idea de filiación? No me parece justo pensar que tal idea sea del todo incorrecta, pero sí me parece meritorio sostener que la confianza trasciende mucho más allá de esa relación filial (e incluso me referiría a las relaciones horizontales, pero sólo pongo un ejemplo). La confianza debería tener como antecedente o hecho(s) que la motivan las propias conductas y formas; del padre. Una buena o mala persona guarda tal estado desde que se hace la reputación y el respeto, no se gana la confianza por un simple vínculo familiar, por lo menos hasta que uno se da cuenta con quién se está depositando cuestiones delicadas.
Desconfiar de todo y confiar en nada, e incluso desconfiar de la nada. Todo se ve gris, pero no pasa de ese color, de la forma corriente, el riesgo a que el paisaje torne negro, es alto, yo tomo mis precauciones y desconfío, a partir de un tiempo, desconfío.
El comienzo.
Febrero 19, 2009
Me tomaré un rincón en este mar de bitácoras y diarios que hay en internet, para dejar plasmado pensamientos, extractos, vivencias y otros contenidos que me parezcan interesantes.
Una letra sin tinta, no tiene más propósito que encontrar unas pocas almas desinteresadas y dispuestas a compartir, sea de forma casual o constante, unilateral o recíprocamente y nominada o anónimamente, todas las vivencias y sentimientos que se quieran desplegar a lo largo del tiempo en que se desee mantener esta, espero, reconfortante práctica.
Saludos,
Francisco Aravena.



