Fidel se encontraba subiendo al segundo piso de un viejo bar, de esos que sin mucha pena ni gloria han acaparado la lealtad de un manojo no despreciable de clientes, la mayoría llamados a reunirse entre ellos para cegarse de sus problemas que, generalmente, eran de alcoholismo. Él era un hombre de unos cuarenta y cinco años, de frente amplia pero con abundante cabello; sus ojos grisáceos mostraban un gesto de excesivo cansancio, como si hubiese vivido más de lo necesario… o por lo menos más de lo que es humanamente soportable vivir. Esa noche Fidel no hizo una visita de aquellas motivadas por la simple ingesta de unos cuantos vasos de bourbon, no, lo que lo llevó al Puerto Hank fue una dulce estela de algún perfume que quizás qué nombre cliché llevaría. Él se encontraba en el mercado de ropa del centro del pueblo, mirando un par de zapatos de cuero café de punta angosta, que en esa época estaban llegando desde Francia y que sus compatriotas tímidamente comenzaban a lucir en sus reuniones sociales, cuando sobreponiéndose al fuerte olor a cuero de las tiendas de calzados, una esencia se cuela entre los orificios de su peluda nariz. Restándole importancia, en un principio pensó que se trataría de alguna vieja mujer que se encontraba comprando zapatos para su marido, pero al apuntar con su protuberante nariz y desteñidos ojos a la fuente de tal perfume, logra divisar que a lo lejos tal mujer no era una anciana, y que cada vez se alejaba más esa bella figura femenina de pelo castaño claro y tez blanca. Fidel quedó en un estado de perplejidad por unos minutos, sentía de repente que su cuerpo le pesaba, como si su sangre hubiese aumentado de densidad. Al cabo de un buen rato la vendedora de zapatos le pregunta si es que llevaría el par que tenía en sus manos, Fidel se los devuelve sin hacer ningún tipo de expresión, caminando letárgico hacia la desconocida mujer que, en esos momentos, ya se encontraba llegando a la entrada del bar Puerto Hank.
- ¿A qué irá una mujer sola a tal lugar? – Se preguntaba para sus adentros Fidel.
Entrando por la antesala, la mujer se dirigió hacia un garzón, habló durante unos segundos con él y éste le hizo una indicación con el dedo índice hacia una escalera ubicada al final de oscuro lugar. Fidel no espera y se dirige rápidamente tras ella. Al llegar al segundo piso observa a la mujer apoyada sobre sus antebrazos en una baranda, contemplando un punto fijo que los ojos de Fidel no pudieron determinar.
- Es la primera vez que la veo en este lugar, en realidad, ésta es la primera ocasión en que noto su presencia en el pueblo, ¿Es usted de acá? – Preguntó con su voz áspera Fidel.
- Si yo fuera de este pueblo probablemente tendría claro que no debería venir a lugares tan oscuros y tristes como este sitio, ¿no? – Respondió la mujer suavemente.
- Así es… pero…
- Pero en realidad yo no soy de este pueblo, y aunque lo fuera, no me molesta la idea de estar sola en un lugar tan frío y lóbrego como éste.
Fidel la miró con una sonrisa lastimera, sabía, desde el momento en que la vio pasar por las calles, que ella, al igual que él, sufría de un mismo problema.
- ¿No ha pensado usted en que desde esta terraza no se logra ver la luna? – interrogó Fidel con algo de nerviosismo ante la posible respuesta.
- Sí, lo había pensado. – contestó ella.
- Hay luna llena… – señaló rápidamente el hombre.
- A usted le dejó de causar gracia la luna llena, ¿estoy en lo cierto? – preguntó esta vez la mujer con una expresión de alegría e ilusión casi infantil en su rostro.
Sin título… por el momento.
Advertisement